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Clavó su pico con el ritmo del segundero, llegando a la carne, al hueso. Se metió al estómago y empezó a devorar hasta llegar a los ojos. Su compañía quitó la soledad pero arrancó al yo. Negro, como agujero oscuro. Abismo, como locura sin ya. Garras de ira. Sentía en cada picotazo el desgarrar del tiempo de cada cobardía, de cada paso en falso. Me llevaba a todas las épocas mientras me arrancaba un pedazo de piel, con cada tripa que jalaba sentía la daga del ya que no me perdonaba ni un solo respiro de no haber caminado. Extendía sus alas negras como victoria, salpicaba de sangre mis ojos, las paredes, el techo, todo. Me miraba fijo, en sus ojos, abismos de locura que me atrapaban y me trasportaban a un pozo sin luz, con los fantasmas del ayer, con los demonios de seis horas antes, y allá, en el fondo de esos ojos, una mano oscura me tomó y me llevó a una pila de cadáveres, todos con la forma de mi rostro, todas con las huellas de mi asfixia de vida. El dedo índice de esa mano, señaló el único cadáver que no tenía mi cara, al verlo de cerca, un grito de terror. En silencio, quebró lo poco que me quedaba de alma. Esa figura era la misma del cuervo que me estaba devorando, que al mirarme, escupió sangre, que como ácido, me empezó a desfigurar. Corrí, rápido, como si el apocalipsis estuviera a punto de clavarme una estaca en la espalda, pero en un charco me llevó a otro abismo. Llegué al primer dolor, a la primera lágrima, a la primera decepción, a la primera mentira, a la primera cobardía por no ser yo. Vi mi corazón en las manos, palpitando cada vez más lento, y de repente en el, la sangre se transformó en la presencia negra del cuervo. De aquel corazón salió un chorro de rojo fluido y en el piso se dibujó en carmesí la palabra cobarde. Al pisar ese pozo, caí a otro abismo aún mayor, y así, cada vez caí y caí a otro y otro abismo, todo sin fin. Pero el cuervo negro cerró los ojos y los volvió a abrir, en ese momento me trajo de nuevo al hoy, y mientras tenía mi intestino en su pico, me miró de nuevo. Escuché desde su adentro oscuro, una voz que me dijo: cobarde, cobarde, cobarde…
El último picotazo del cuervo negro fue en la mitad de la frente, después de devorar mis ojos, ahí, en donde la vida se siente realmente, y al sentir que rasgó el cráneo, exhalando, me dije a mi mismo: muere, cobarde.
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Alex Moreno
D.R.A