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sábado, 10 de enero de 2026

Business night

Miraba a la gente correr aquella mañana extraña. Buscaba en esos rostros, alguno conocido, o al menos la sensación de que conocía uno, solo a uno, pero cada vez era más difícil. Cada ceño fruncido me alejaba de esa realidad, me llevaba a caminar por puentes de contaminación, a alejarme del ruido ensordecedor de autos, motos, pitos, de toda clase de perturbación.

Llevaba toda la mañana buscando ese lugar donde refugiarme de aquella jungla de cemento, pero cada paso, era un abismo de locura. Y las horas, apuñalaban los pulmones, y la respiración se cansaba de caminar sin sentido. Pero tenía cierta corazonada, muy en el fondo, de que encontraría un atisbo de calma en aquel caos.

Pude contar los pasos caminados, sin duda eran bastantes, al fin al cabo, ya no tenía más que perder, llevaba varios días intentado encontrar un sitio diferente, pero ¿para qué contar lo qué no queremos recordar?

Solo quería huir, escapar, borrar mi pasado, las malas decisiones, los pasos en falso, quitar las cicatrices. Con la canción oportuna, deambulé en la noche. Y en aquella madrugada de frío, en una calle desolada, húmeda, una sombra de neblina, de repente, cruzó por mi vista, era como si me llamara. Así que me levanté y caminé guiado por ese ente extraño, confuso. No sabía si era real, o era una alucinación de mi mente por la falta de comida, por la sed, por el frío o por la perturbación.

Al final de la oscuridad, justo antes del alba, del crepúsculo, la niebla despareció y salió, de aquella alucinación, la figura de una mujer esbelta y caminó hacia mí. Me tomó de la mano, que temblorosa, ya casi caía al piso. Al sentirla, fue como sentir automáticamente en el cuerpo la sensación de caminar por encima del suelo, era inexplicable.

Me tomó por la cintura, y justo antes de besarme me dijo: acaba con esa desidia de tu vida, el momento es solo hoy, lo que vale es el hoy, lo único que tienes es el hoy, no hay túnel sin salida, noche sin mañana, camino sin piedras pero sin enseñanzas, solo tú decides que quieres del hoy, de la mañana, de la noche, solo tú decides si dejas para un después o un jamás lo que quizás nunca pase, o si le dejas a una añoranza tu hoy. Me besó y me perdí de mí mismo.

 

Al despertar, horas después, aquella habitación de motel olía a whisky, a sexo, a tabaco, y encima de mi pantalón, que estaba en el piso, una nota: la vida de noche tiene sus consecuencias, no se sale intacto de la locura, de las calles, de jugarse la vida como ruleta rusa. Me gustó conocerte, llámame, podemos volver a hacer negocios de noche: Bibiana.

 #Relatos #Microcuentos 

jueves, 8 de enero de 2026

El Cuervo Negro

//3:17:00 am//

Clavó su pico con el ritmo del segundero, llegando a la carne, al hueso. Se metió al estómago y empezó a devorar hasta llegar a los ojos. Su compañía quitó la soledad pero arrancó al yo. Negro, como agujero oscuro. Abismo, como locura sin ya. Garras de ira. Sentía en cada picotazo el desgarrar del tiempo de cada cobardía, de cada paso en falso. Me llevaba a todas las épocas mientras me arrancaba un pedazo de piel, con cada tripa que jalaba sentía la daga del ya que no me perdonaba ni un solo respiro de no haber caminado. Extendía sus alas negras como victoria, salpicaba de sangre mis ojos, las paredes, el techo, todo. Me miraba fijo, en sus ojos, abismos de locura que me atrapaban y me trasportaban a un pozo sin luz, con los fantasmas del ayer, con los demonios de seis horas antes, y allá, en el fondo de esos ojos, una mano oscura me tomó y me llevó a una pila de cadáveres, todos con la forma de mi rostro, todas con las huellas de mi asfixia de vida. El dedo índice de esa mano, señaló el único cadáver que no tenía mi cara, al verlo de cerca, un grito de terror. En silencio, quebró lo poco que me quedaba de alma. Esa figura era la misma del cuervo que me estaba devorando, que al mirarme, escupió sangre, que como ácido, me empezó a desfigurar. Corrí, rápido, como si el apocalipsis estuviera a punto de clavarme una estaca en la espalda, pero en un charco me llevó a otro abismo. Llegué al primer dolor, a la primera lágrima, a la primera decepción, a la primera mentira, a la primera cobardía por no ser yo. Vi mi corazón en las manos, palpitando cada vez más lento, y de repente en el, la sangre se transformó en la presencia negra del cuervo. De aquel corazón salió un chorro de rojo fluido y en el piso se dibujó en carmesí la palabra cobarde. Al pisar ese pozo, caí a otro abismo aún mayor, y así, cada vez caí y caí a otro y otro abismo, todo sin fin. Pero el cuervo negro cerró los ojos y los volvió a abrir, en ese momento me trajo de nuevo al hoy, y mientras tenía mi intestino en su pico, me miró de nuevo. Escuché desde su adentro oscuro, una voz que me dijo: cobarde, cobarde, cobarde…

El último picotazo del cuervo negro fue en la mitad de la frente, después de devorar mis ojos, ahí, en donde la vida se siente realmente, y al sentir que rasgó el cráneo, exhalando, me dije a mi mismo: muere, cobarde.

//3:17:00 pm//  

Alex Moreno

D.R.A